Los niños de CherNObyl ...

 

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A 22 años de la tragedia...... CHERNOBYL/ 2008

A 22 años del fatal accidente siguen las enfermedades y continúa las muertes.  Muchos niños que en ese momento tenían 5 años hoy tienen 25 y como jóvenes continúan luchando contra enfermedades como el cáncer y con la pena de haber perdido amigos y familiares. Los impactos ambientales y sociales siguen sumándose, habiendo aún, regiones contaminadas con radiación.

No olvidamos la fecha del 26 de Abril de 1986 porque el accidente de Chernobyl debe dejarnos enseñanzas a toda la humanidad. Existen fuentes de energía limpias que tienen enormes potencialidades y que estas deben desarrollarse más y mejor para el futuro. 

Desde Amigos de la Tierra Internacional recordamos a las víctimas y a los sobrevivientes.

Equipo de redacción

 
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Durante las primeras horas de la mañana del 26 de Abril de 1986 los operadores de la central nuclear de Chernobyl notaron que las cosas en el reactor número 4 se estaban complicando dramáticamente. De inmediato iniciaron una parada de emergencia pero fue una reacción tardía; siete segundos después una enorme explosión tuvo lugar en el interior del reactor y la tapa del mismo, de unas 1000 toneladas voló en pedazos.

Una ola de fuego y vapor altamente contaminado invadió la sala de control y enormes columnas de vapor y escombros radiactivos comenzaron a salir disparados por el aire.

¿Dónde está la ciudad de Chernobyl?

Se trata del desastre nuclear de Chernobyl, el más grave y devastador de la historia de la industria nuclear con fines pacíficos. Miles de víctimas, niños sin piernas que viven hoy en Kiev, cosechas contaminadas en Polonia y los países escandinavos, y cientos de miles de evacuados que perdieron sus casas, su territorio, su salud y, en muchos casos, su vida.

Chernobyl (en ruso Tchernobyl y en ucraniano Chornobil) es un pueblo situado a 130 km al norte de Kiev (capital de la antes llamada República Socialista Soviética de Ucrania), muy cerca de la frontera con Belarús y a sólo 20 de un complejo nuclear que recibió el nombre del poblado.

El 26 de abril de 1986, el reactor número 4 de la central estalló, liberando una gigantesca cantidad de radiación a la atmósfera, que fue dispersada por los vientos sobre gran parte de Europa.

Las autoridades soviéticas de ese entonces declararon que habían muerto 31 personas en el momento del incidente, pero el número real, entre muertos, heridos y afectados por el accidente fueron millones. La magnitud del sufrimiento humano como consecuencia del desastre de Chernobyl acaso no se conozca nunca en su verdadera dimensión. Sin embargo, es necesario divulgar lo que ocurrió allí y las consecuencias que sobrevienen ante la exposición a la radiación..

¿Qué dice la OMS ?

La OMS (Organización Mundial de la Salud) estima, en la actualidad, que la explosión liberó alrededor de 200 veces más material radiactivo que la suma de las bombas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945.

Son enormes las áreas de tierra que aún no se pueden utilizar y los gobiernos de los tres países más afectados (Ucrania, Bielorrusia y Rusia) admiten hoy que son muchos millones las personas afectadas por el accidente en sus territorios.

Las medias que no se tomaron en Chernobyl y aumentaron la tragedia

  • No se avisó a tiempo a la población sobre la explosión.
  • No se recomendó a la población de quedarse en sus casas con puertas y ventanas cerradas.
  • No se prohibió el consumo de leche ya que los materiales radiactivos se concentran en la glándula mamaria de las vacas.
  • No se prohibió el consumo de frutas y verduras cultivadas en la zona.
  • No se distribuyeron tabletas de iodo puro para impedir la absorción de iodo radiactivo causante del cáncer de tiroides.
  • No se distribuyeron equipos de protección (máscaras, trajeres especiales, etc.)
 

De 1949 a 1963. Unas 10.000 personas sufrieron radiaciones en Semipalatinsk (Kazajistán).

Septiembre de 1957. Una explosión en un almacén de desechos radioactivos en Kytchym (URSS) causó más de cien muertos y la evacuación de 10.000 personas.

10 de octubre de 1957. Accidente nuclear en una central que fabricaba plutonio con fines militares en Sellafield (Reino Unido).

1968. Un bombardero B-52 de la Fuerza Aérea norteamericana, cargado con armas nucleares, se estrelló cerca de Thule (Groenlandia). Se dispersaron 400 gramos de plutonio.

Agosto de 1969. Grave accidente en el complejo atómico chino de Jiuquan. Una decena de trabajadores fueron expuestos a la radiación.
Enero y febrero de 1974 y octubre de 1975. Accidentes en la central de Leningrado. Al menos tres muertos.

28 de marzo de 1979. Contaminación en la central nuclear de Three Mile Island (EEUU). Causó el desplazamiento temporal de 140.000 personas.

Agosto de 1979. Una fuga de uranio en un emplazamiento nuclear secreto en Estados Unidos contaminó a 1.000 personas.

Enero-marzo de 1981. Cuatro fugas radioactivas en la central nuclear de Tsuruga (Japón). 278 personas recibieron radiaciones.

26 de abril de 1986. Chernobyl (Ucrania)

Abril de 1993. Nube radioactiva en Tomsk-7 (Siberia).

9 de diciembre de 1995. Un escape en el generador de Monju (Japón) provoca la parada urgente de este reactor experimental.

24 de julio de 1996. 25 personas reciben radiaciones en la central térmica de Racht, en el norte de Irán.

11 de marzo de 1997. Explosión e incendio en la fábrica experimental de Tokaimura. 37 personas sufrieron radiaciones.

 
 

Los síntomas y las enfermedades

Hay dos tipos de radiaciones: las ionizantes, que alteran los átomos que la reciben, y las no ionizantes, que no los alteran. La radiación nuclear es del primero de estos tipos, y, como consecuencia de los cambios que produce en los átomos y moléculas del cuerpo humano, conduce a una patología conocida como Enfermedad de Radiación (ER). Las radiaciones ionizantes que causan la ER son, normalmente, los rayos X y los rayos gamma.

La población infantil que estuvo expuesta a la radiación desarrolló en pocas semanas distintas enfermedades y diversos tipos de cáncer, siendo la leucemia uno de los más frecuentes. Según el Ministerios de Salud de Bielorrusia , los casos de cáncer de tiroides se incrementaron y alcanzarán su mayor pico durante el período 2005-2010.

Te das cuenta que luego de 20 años aún siguen las consecuencias !!!

La ER comienza con anorexia (pérdida del apetito), seguida rápidamente por náuseas, vómitos y diarrea. Luego, la enfermedad comienza a progresar y a agravarse. Uno de los tejidos más sensibles a la radiación es la médula ósea, y, como consecuencia, pronto comienza a disminuir la cantidad de células sanguíneas, convirtiendo al paciente en un irradiado inmunosuprimido, blanco fácil para todo tipo de infecciones. Muchos sobrevivientes de Chernobyl quedaron estériles, porque el sistema reproductor humano es muy sensible también a las radiaciones y muchos otros órganos van quedando lesionados.

Dependiendo de la parte del cuerpo irradiada, de la dosis absorbida y de otros factores, las ER generan la alopecía (o caída del cabello y vello corporal), quemaduras de diversos grados, hemorragias, leucemia, cáncer de tiroides y páncreas.

 

Los niños de Chernobyl

Los niños irradiados en 1986 (hoy jóvenes mayores de 20 años) ascienden a más de 300.000, y muchos de ellos desarrollarán cáncer de tiroides por este motivo.

UNICEF estimó que en sólo Bielorrusia fueron desplazados alrededor de 180 mil personas, mientras que casi 2 millones viven aún en zonas que poseen una contaminación superior a 5 curies x Km2.

 

Curie: Unidad de medida de actividad de una sustancia radiactiva; equivale a la cantidad necesaria para producir 3,7x10 10 desintegraciones por segundo

 
 

 

Oficialmente , en Ucrania, se estimaba en 1996, que 3 millones y medio de personas, de las cuales 800 mil son niños, habían sido afectados por la radiación.

 

UNICEF continua denunciando el incremento de diferentes enfermedades en la población infantil: Enfermedades del sistema nervioso (43%), el aparato circulatorio (43%), en órganos digestivos (28%), en el sistema urogenital (39%), en tejidos musculares y huesos (62%), enfermedades relacionadas con la producción de sangre (24%), anemia (10%), malformaciones congénitas (25%), diabetes (28%), tumores malignos (38%).

 
 

 

A consecuencia de la radiactividad recibida en el momento de la explosión y en los meses siguientes, unido a la contaminación que persiste en una zona (similar a un tercio de España o el territorio uruguayo en su totalidad), los niños nacidos tras el accidente de Chernobyl muestran una altísima incidencia de malformaciones, enfermedades debidas a la debilidad del sistema inmunológico y distintos tipos de cánceres.

Aunque el número de leucemias detectados es más bajo de lo que se esperaba, la incidencia de cáncer de tiroides en niños menores de 14 años ha doblado ya la cifra prevista hasta el 2006, que es cuando se espera la incidencia máxima. En la actualidad hay 380.000 niños afectados.

Pero todavía queda una terrible secuela que mostrará su dureza en el futuro: las deformaciones congénitas de los niños que nazcan en generaciones futuras y obliga a las mujeres ucranianas y bielorrusas a someterse a continuas pruebas para detectar las posibles malformaciones.

Los gestos de solidaridad

Ayuda de Cuba

Con la catástrofe en la URSS muchos abrieron los ojos pero pocos extendieron la mano, y entre estos últimos el pueblo de Cuba, a pesar de la difícil situación económica que atraviesa, puso todos los medios para colaborar en la recuperación de los niños afectados.

Cuba ideo un programa de curación para los niños afectados en aquel desastre, de los cuales han pasado por la Isla, hasta la actualidad por la Isla en estos 20 años más de 20 mil niños, acompañados por más de 4000 adultos.

El agradecimiento del pueblo ucraniano estuvo a cargo de su ministro de Salud, el doctor Mykola Efremovich Polischuk, quien expresó el orgullo de su nación por contar con la amistad y el apoyo de Cuba.

El Pan Sagrado de Ucrania para Cuba

En la foto, El doctor Balaguer fue condecorado por su homólogo Polischuk, por su contribución al bienestar de la niñez ucraniana, y recibió también un Pan Sagrado, símbolo ancestral de esa República del Este europeo, horneado por madres de los pacientes que hoy se recuperan en Tarará.

Asimismo se le hizo entrega de una tela blanca especialmente tejida con hilos rojos y negros, que suele obsequiarse en ceremonia tradicional de la familia ucraniana, como muestra de afecto y buenos deseos, y otra similar para hacerla llegar al Presidente de Cuba.

Exposición fotográfica: Los niños de Chernobyl

Esta exposición reveló uno de los aspectos más duros de aquella tragedia pues muestra el efecto que la radiactividad liberada en el accidente de Chernobyl está produciendo entre la población infantil, en niños y niñas nacidos, muchos de ellos, varios años después del accidente.

Estas fotos han sido mostradas anteriormente en varios países, como Bélgica, República Checa, Eslovaquia, Reino Unido, España, Argentina, Uruguay y otras naciones. Muchas organizaciones ecologistas, distintos organismos y personas anónimas colaboraron con Greenpeace para divulgar los hechos acontecidos en Ucrania.

En Montevideo (Uruguay), el 26 de Abril de 1996 hubo una masiva concentración de niñas y niños que recordaron ese día la tragedia e informaron a los adultos sobre las consecuencias de la energía nuclear (Click en las fotos para ampliar ...).

Chernobyl 20 años después

En 2005, el OIEA elaboró el último informe que detalla el número de muertos directamente por el accidente en 59 personas, de ellos 48 trabajadores de la central. Los casos de cáncer de tiroides contabilizados han sido más de 4.000. Se estima que 600.000 personas fueron afectadas por la radiación, de las que al menos 3.500 morirán como consecuencia de la misma, entre ellos la mayoría de los 2.500 trabajadores y militares que construyeron el primer sarcófago de cemento (se trata de una enorme estructura de hormigón y acero de 500.000 m3).

Otro estudio obtiene diferentes resultados respecto a Chernybil. Según este medio millón de personas han fallecido y los datos suministrados por Ucrania no son completos. Este sería el número de personas (500.000) que habrían perdido la vida, a causa de la nube radioactiva, que contaminó gran parte de Europa. Y otras 30 mil morirán en los próximos años.

Estas evaluaciones, presentan una diferencia importante con las investigaciones de la OMS y el OIEA. Según Greenpeace, en total han sido contaminadas con cesio 137 el 30% del áreas en las cuales viven 9 millones de personas. Según un técnico del centro científico del gobierno ucraniano, en Ucrania se registran casos de cáncer a la tiroide, leucemias y mutaciones genéticas, que no aparecen en las estadísticas de la OMS, y que eran prácticamente desconocidas hace 20 años.

Son vecinos de 4.343 localidades repartidas entre 14 regiones del país, según reveló el jefe sanitario de Rusia, Gennady Onischenko, en un simposio dedicado a las lecciones de la catástrofe nuclear que ocurrió el 26 de abril de 1986.

La provincia de Briansk es la más afectada por el accidente nuclear en Rusia aunque la extensión total de los territorios con niveles de contaminación radiactiva por encima de los máximos admisibles asciende a 57.000 kilómetros cuadrados.

Según las estadísticas oficiales, 638.000 personas fueron expuestas a la radiación a causa de la catástrofe. Alrededor de 75.000 personas representan el llamado grupo de riesgo con alta probabilidad de leucosis y cáncer del tiroides.

 

Svetlana Alexievich 'Voces de Chernóbil'. Siglo XXI de España Editores. Este libro se publicó en 1997 y recoge los testimonios de muchas personas afectadas por la catástrofe nuclear. Ahora se traduce al castellano puesto al día con nuevas confesiones de otros testigos que sufrieron el accidente. La autora nació en Ucrania en 1948.

Algunos relatos y testimonios durante y después de la tragedia

- "Tiraban el grafito ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; fueron a un incendio normal"

Me da un ataque de histeria: "¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es? ¿Un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién vamos a enterrar?"

Testimonio de Liudmila Ignatenko, esposa del bombero fallecido Vasili Ignatenko: No sé de qué hablar. ¿De la muerte o del amor? ¿O es lo mismo? ¿De qué?

Nos habíamos casado no hacía mucho. Aún íbamos por la calle tomados de la mano, hasta cuando íbamos de compras. Siempre juntos. Yo le decía: "Te quiero". Pero aún no sabía cómo le quería. No me lo imaginaba. Vivíamos en la residencia de la unidad de bomberos, donde él trabajaba. En el piso de arriba. Y otras tres familias jóvenes, con una sola cocina para todos. Y abajo, en el primero, estaban los coches. Unos camiones rojos de bomberos. Éste era su trabajo. Yo siempre estaba al corriente: dónde se encontraba, qué le pasaba.

En medio de la noche oí un ruido. Gritos. Miré por la ventana. Él me vio: "Cierra las ventanillas y acuéstate. Hay un incendio en la central. Vendré pronto".

No vi la explosión. Sólo las llamas. Todo parecía iluminado. El cielo entero. Unas llamas altas. Y hollín. Un calor horroroso. Y él seguía sin regresar. El hollín era porque ardía el alquitrán; el techo de la central estaba cubierto de asfalto. Sobre el que la gente andaba, como él después recordaba, igual que sobre resina. Sofocaban las llamas, y mientras, él arrastraba. Subía al reactor. Tiraban el grafito ardiendo con los pies. Se fueron sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les avisó; los llamaron a un incendio normal.

- Las cuatro. Las cinco. Las seis. A las seis nos disponíamos a ir a ver a sus padres. A plantar patatas. De la ciudad de Prípiat hasta la aldea de Sperizhie, donde vivían sus padres, hay 40 kilómetros. A sembrar, arar. Era su trabajo favorito. Su madre recordaba a menudo cómo ni ella ni su padre querían dejarlo marchar a la ciudad; le construyeron incluso una casa nueva. Pero se lo llevaron al ejército. Sirvió en Moscú, en las tropas de bomberos, y cuando regresó sólo quería ser bombero. No quería ser otra cosa. [Calla].

A veces me parece oír su voz. Oírle vivo. Ni siquiera las fotografías me producen tanto efecto como la voz. Pero no me llama nunca. Y en sueños, soy yo quien lo llamo.

- Las siete. A las siete me comunicaron que estaba en el hospital. Corrí allí, pero el hospital ya estaba acordonado por la milicia; no dejaban pasar a nadie. Sólo entraban las ambulancias. Los milicianos gritaban: los coches están contaminados, no os acerquéis. No sólo yo, todas las mujeres vinieron, todas cuyos maridos estuvieron aquella noche en la central.

Prohibido pasar

- Corrí en busca de una conocida que trabajaba de médico en aquel hospital. La agarré de la bata cuando salía de un coche: "¡Déjame pasar!". "¡No puedo! Está mal. Todos están mal". Yo la tenía agarrada: "Sólo verlo". "Bueno", me dice, "corre. Quince, veinte minutos".

Lo vi. Estaba hinchado, inflado todo. Casi no tenía ojos. "¡Leche! ¡Mucha leche!", me dijo mi amiga. "Que beba tres litros al menos". "Él no toma leche". "Pues ahora la tiene que beber".

Muchos médicos, enfermeras y especialmente las auxiliares de este hospital, al cabo de un tiempo, se pondrían enfermas. Morirían. Pero entonces nadie lo sabía.

- A las diez de la mañana murió el técnico Shishenok. Fue el primero. El primer día. Luego supimos que bajo los escombros se quedó otro, Valera Jodemchuk. No lograron sacarlo. Lo emparedaron con el hormigón. Entonces aún no sabíamos que todos ellos serían los primeros.

Le pregunto: "Vasia , ¿qué hago?". "¡Vete de aquí! ¡Vete! Esperas un niño". Estoy embarazada, es cierto. Pero ¿cómo lo voy a dejar? Me pide: "¡Vete! ¡Salva al crío!". "Primero te he de traer leche y luego veremos".

Llega mi amiga Tania Kibenok. Su marido está en la misma sala. Ha venido con su padre, que tiene coche. Nos subimos al coche y vamos a la primera aldea a por leche. A unos tres kilómetros de la ciudad. Compramos muchas garrafas de tres litros de leche. Seis, para que hubiera para todos. Pero la leche les provocaba unos vómitos terribles. Perdían el sentido sin parar, les pusieron el gota a gota. Los médicos aseguraban, no sé por qué, que se habían envenenado con los gases, nadie hablaba de la radiación.

- Entretanto la ciudad se llenó de coches militares, se cerraron todas las carreteras. Se veían soldados por todas partes. Dejaron de circular los trenes de cercanías, los expresos. Lavaban las calles con un polvo blanco. Me sentí alarmada: ¿cómo iba a llegar al día siguiente al pueblo para comprarle leche fresca? Nadie hablaba de la radiación. Sólo los militares iban con caretas. La gente de la ciudad llevaba el pan de las tiendas, las bolsas abiertas con los bollos. En los estantes había pasteles. La vida seguía como de ordinario. Lavaban las calles con un polvo.

- Por la noche no me dejaron entrar en el hospital. Un mar de gente alrededor. Yo me encontraba frente a su ventana; él se acercó a ella y me gritó algo. ¡Se le veía tan desesperado! Entre la muchedumbre alguien entendió lo que decía: aquella noche se los llevaban a Moscú. Las esposas se arremolinaron todas en un corro. Decidimos: vamos con ellos. ¡Dejadnos estar con nuestros maridos! ¡No tenéis derecho! Quisimos pasar a golpes, a arañazos. Los soldados, los soldados ya habían formado un cordón de dos filas, y nos impedían pasar a empujones. Entonces salió el médico y nos confirmó que se los llevaban aquella noche en avión a Moscú, que debíamos traerles ropa; la que llevaban en la central se había quemado. Los autobuses ya no iban, y fuimos a pie, corriendo a casa. Cuando volvimos con las bolsas, el avión ya se había marchado. Nos engañaron a propósito. Para que no gritáramos, ni lloráramos.

- Llegó la noche. A un lado de la calle, autobuses, cientos de autobuses (ya estaban preparando la evacuación de la ciudad), y al otro, centenares de coches de bomberos. Los trajeron de todas partes. Toda la calle, cubierta de espuma blanca. Íbamos pisando aquella espuma. Gritando y jurando.

Evacuación de la ciudad

Por la radio dijeron que evacuarían la ciudad para tres o, a lo mejor, cinco días. Llévense consigo ropa de invierno y de deporte, porque van a vivir en el bosque. En tiendas de campaña. La gente hasta se alegró: ¡nos mandan al campo! Allí celebraremos la fiesta del Primero de Mayo. Algo inusual. La gente preparaba carne de asar para el camino, compraba vino. Se llevaban las guitarras, los magnetófonos. ¡Las maravillosas fiestas de mayo! Sólo lloraban aquellas mujeres a cuyos maridos les había pasado algo.

No recuerdo el viaje. Cuando vi a su madre fue como si despertara: "¡Mamá, Vasia está en Moscú! ¡Se lo llevaron en un vuelo especial!" Acabamos de sembrar el huerto: patatas, coles (¡y a la semana evacuarían la aldea!). ¿Quién lo iba a saber? Por la noche tuve un ataque de vómito. Era mi sexto mes de embarazo. Me sentía tan mal.

- Por la noche sueño que me llama. Mientras estuvo vivo me llamaba en sueños: "¡Liusia, Liusia!". Pero después de muerto, ni una vez. No me llamó ni una vez. [Llora]. Me levanto por la mañana y me digo: me voy sola a Moscú. Yo que... "Adónde vas a ir en tu estado?", me dice llorando su madre. También se vino conmigo mi padre: "Será mejor que te acompañe". Sacó todo el dinero de la libreta, todo el que tenían. Todo...

No recuerdo el viaje. Todo el camino también se me borró de la cabeza. En Moscú preguntamos al primer miliciano a qué hospital habían llevado a los bomberos de Chernóbil, y nos lo dijo; yo hasta me sorprendí, porque nos habían asustado: no os lo dirán, es un secreto de Estado, ultrasecreto.

- A la clínica número seis. A la Schúkinskaya.

En el hospital, era una clínica especial de radiología, no dejaban entrar sin pases. Le di dinero a la vigilante de guardia y me dice: "Pasa". Me dijo a qué piso debía ir. No sé a quién más le rogué, le imploré. Lo cierto es que ya estoy en el despacho de la jefa de la sección de radiología: Anguelina Vasílievna Guskova. Entonces aún no sabía cómo se llamaba, no se me quedaba nada en la cabeza. Lo único que sabía era que debía verlo. Encontrarlo.
Ella me preguntó enseguida:

-¡Pero, alma de Dios! ¡Criatura! ¿Tiene usted hijos?

¿Cómo iba a decirle la verdad? Está claro que tengo que esconderle mi embarazo. ¡No me lo dejaría ver! Menos mal que soy delgadita y no se me nota nada.

-Sí -le contesto.

-¿Cuántos?

Pienso: "He de decirle que dos. Si es sólo uno, tampoco me dejará pasar".

-Un niño y una niña.

-Bueno, si son dos, no creo que vayas a tener más. Ahora escucha: su sistema nervioso central está dañado por completo; la médula está completamente dañada.

"Bueno", pensé, "se volverá algo más nervioso".

- Y óyeme bien: si te pones a llorar, te mando al instante para casa. Está prohibido abrazaros, besaros. No te acerques mucho. Te doy media hora.

Pero yo ya sabía que no me iría de allí. Si me iba sería con él. ¡Me lo había jurado!

Entro... Los veo sentados sobre las camas, jugando a las cartas, se ríen.

-¡Vasia! -le llaman.

Se da la vuelta.

-¡Vaya! ¡Hasta aquí me ha encontrado! ¡Estoy perdido!

Daba risa verlo, con su pijama del cuarenta y ocho, él, que usa un cincuenta y dos. Las mangas cortas, los pantalones. Pero ya se le había ido la hinchazón de la cara. Les inyectaban no sé qué solución.

-¿Tú, perdido? -le pregunto.

Y él que ya quiere abrazarme.

-Sentadito -la médico no lo deja acercarse a mí-. Nada de abrazos aquí.

No sé cómo, pero hicimos de eso una broma. Y al momento todos se acercaron a nosotros; hasta de las otras salas. Todos eran de los nuestros. De Prípiat. Porque fueron veintiocho los que trajeron en avión. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué pasa en la ciudad? Yo les cuento que han empezado a evacuar a la gente, que se llevan afuera toda la ciudad por unos tres o cinco días. Los muchachos callan; pero había allí también dos mujeres, una de ellas estaba de guardia en la entrada el día del accidente, y la mujer rompió a llorar:

-¡Dios mío! Allí están mis hijos. ¿Qué será de ellos?

Yo tenía ganas de estar a solas con él; bueno, aunque fuera un solo minuto. Los muchachos se dieron cuenta de la situación y cada uno se inventó un pretexto para salir al pasillo. Entonces lo abracé y lo besé. Él se apartó.

-No te sientes cerca. Toma una silla.

-Todo eso son bobadas -le dije, quitándole importancia-. ¿Tú viste dónde se produjo la explosión? ¿Qué ha sido eso? Porque vosotros fuisteis los primeros en llegar.

-Lo más seguro es que sea un sabotaje. Alguien lo ha hecho a propósito. Todos los muchachos piensan lo mismo.

Entonces decían eso. Y lo pensaban.

Al día siguiente, cuando llegué, ya los habían separado; cada uno en una sala aparte. Les habían prohibido categóricamente salir al pasillo. Hablarse. Se comunicaban golpeando la pared. Punto-guión, punto-guión. Punto. Los médicos lo explicaron diciendo que cada organismo reacciona de manera diferente a las dosis de radiación, de manera que lo que aguanta uno puede que no lo resista otro. Allí donde estaban ellos hasta las paredes reaccionaban al geyger. A la derecha, a la izquierda y en el piso de abajo. Sacaron de allí a todo el mundo, no dejaron a ni un solo paciente. Debajo y encima, nadie. (...)

El fallecimiento

Una noche estoy sentada a su lado en una silla. A las ocho de la mañana: "Vasia, salgo un rato. Voy a descansar un poco". Él abre y cierra los ojos: me deja ir. En cuanto llego al hotel, a mi habitación y me acuesto en el suelo -no podía echarme en la cama, de tanto que me dolía todo-, que llega una auxiliar: "¡Ve! ¡Corre a verlo! ¡Te llama sin parar!". Pero aquella mañana Tania Kibenok me lo había pedido tanto, me había rogado: "Vamos juntas al cementerio. Sin ti no puedo". Aquella mañana enterraban a Vitia Kibenok y a Volodia Právik.

Era muy amigo de Vitia. Dos familias amigas. Un día antes de la explosión nos habíamos fotografiado juntos en la residencia. ¡Qué guapos se veían allí nuestros maridos! Alegres. El último día de nuestra vida pasada. La época anterior a Chernóbil. ¡Qué felices éramos!

Vuelvo del cementerio, llamo a toda prisa a la enfermera: "¿Cómo está?". "Ha muerto hará unos quince minutos". ¿Cómo? Si he pasado toda la noche a su lado. ¡Si sólo me he ausentado tres horas! Estaba junto a la ventana y gritaba: "¿Por qué? ¿Por qué?". Miraba al cielo y gritaba. Todo el hotel me oía. Tenían miedo de acercarse a mí. Pero me recobré y me dije: ¡Lo veré por última vez! ¡Lo iré a ver! Bajé rodando las escaleras. Él seguía en la cámara, no se lo habían llevado.

Sus últimas palabras fueron: "¡Liusia! ¡Liusia!". "Se acaba de ir. Ahora mismo vuelve", lo intentó calmar la enfermera. Él suspiró y se quedó callado.

Ya no me separé de él. Fui con él hasta la tumba. Aunque lo que recuerdo no es el ataúd, sino una bolsa de polietileno. Esa bolsa. En la morgue me preguntaron: "¿Quiere que le enseñemos cómo lo vamos a vestir?". "¡Sí, quiero!". Le pusieron el traje de gala, y le colocaron la visera sobre el pecho. No le pusieron calzado. No encontraron unos zapatos adecuados, porque se le habían hinchado los pies. En lugar de pies parecía tener unas bombas. También cortaron el uniforme de gala, no se lo pudieron poner.

El cuerpo deshecho

Tenía el cuerpo entero deshecho. Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital los últimos dos días, le levantaba la mano y el hueso se le movía, el hueso le bailaba, se le había separado la carne. Pedacitos de pulmón, de hígado le salían por la boca. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Esto no se puede contar! ¡Esto no se puede escribir! ¡Ni siquiera soportar! Todo esto tan querido... Tan mío. Tan... No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.

Ante mis ojos. Vestido de gala, lo metieron en una bolsa de plástico y la ataron. Y, ya en esta bolsa, lo colocaron en el ataúd. También el ataúd, envuelto en otra bolsa. Un celofán transparente, pero grueso, como un mantel. Y ya todo esto lo introdujeron en un féretro de zinc. Apenas lograron meterlo dentro. Sólo quedó el gorro encima.

Vinieron todos. Sus padres, los míos. Compramos en Moscú pañuelos negros. Nos recibió la comisión extraordinaria. A todos nos decían lo mismo: no podemos entregaros los cuerpos de vuestros maridos, no podemos daros a vuestros hijos, son muy radiactivos y serán enterrados en un cementerio de Moscú de una manera especial. En unos féretros de zinc soldados, bajo unas planchas de hormigón. Deben ustedes firmarnos estos documentos. Necesitamos su consentimiento. Y si alguien, indignado, quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes, decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personas oficiales. Y pertenecen al Estado.

Subimos al autobús. Los parientes y unos militares. Un coronel con una radio. Por la radio oía: "¡Esperen órdenes! ¡Esperen!". Estuvimos dando vueltas por Moscú unas dos o tres horas, por la carretera de circunvalación. Luego regresamos de nuevo a Moscú. Y por la radio: "No se puede entrar en el cementerio. Lo han rodeado los corresponsales extranjeros. Aguarden otro poco". Los parientes callan. Mamá lleva el pañuelo negro. Yo noto que pierdo el conocimiento.

Me da un ataque de histeria: "¿Por qué hay que esconder a mi marido? ¿Quién es? ¿Un asesino? ¿Un criminal? ¿Un preso común? ¿A quién enterramos?". Mamá me dice: "Calma, calma, hija mía". Y me acaricia la cabeza, me toma de la mano. El coronel informa por la radio: "Solicito permiso para dirigirme al cementerio. A la esposa le ha dado un ataque de histeria"...

Bielorrusia, tras la catástrofe (así se relataba)

"BIELORRUSIA. PARA EL MUNDO somos una tierra incógnita, tierra ignorada, aún por descubrir. La Rusia Blanca, así suena más o menos el nombre de nuestro país en inglés. Todos conocen Chernóbil, pero en lo que atañe a Ucrania y Rusia. A los bielorrusos aún nos queda contar nuestra historia...".

(Naródnaya Gazeta, 27 de abril de 1996).

El 26 de abril de 1986, a la 1 h 23' 58", una serie de explosiones destruyó el reactor y el edificio del 4º bloque energético de la Central Eléctrica Atómica (CEA) de Chernobyl, situada cerca de la frontera bielorrusa. La catástrofe de Chernobyl se convirtió en el desastre tecnológico más grave del siglo XX.

Para la pequeña Bielorrusia (con una población de 10 millones de habitantes) representó un cataclismo nacional, si bien los bielorrusos no tienen ninguna central atómica en su territorio. Bielorrusia seguía siendo un país agrícola, con una población eminentemente rural. Durante los años de la Gran Guerra Patria, los nazis alemanes destruyeron en tierras bielorrusas 619 aldeas con sus pobladores. Después de Chernobyl, el país perdió 485 aldeas y pueblos: 70 de ellos están enterrados para siempre bajo tierra. Durante la guerra murió uno de cada cuatro bielorrusos; hoy, uno de cada cinco vive en un territorio contaminado. Se trata de 2,1 millones de personas, de las que 700.000 son niños. Entre las causas del descenso demográfico, la radiación ocupa el primer lugar. En las regiones de Gómel y de Moguiliov (las más afectadas por el accidente de Chernobyl), la mortalidad ha superado a la natalidad en un 20%.

(Enciclopedia de Bielorrusia).

Lo que se vivió en Prípiat

Hace 20 años los trabajadores de la central de Chernobyl vieron con horror cómo explotaba el reactor, provocando la mayor catástrofe nuclear de la historia, cuyas consecuencias aún no han concluido. Por Richard Stone; Fotografías de Gerd Ludwig

En la macilenta luz de una nevada mañana de primavera, los objetos dispersos por el suelo de una guardería abandonada hablan de otra época, antes de que los niños de Prípiat perdieran su inocencia. Sandalias y diminutas zapatillas de ballet. Figuritas de cartón de Lenin cuando era niño y de su etapa de dirigente juvenil, el equivalente soviético de los cromos de futbolistas. En la sala contigua, muñecas rotas y desnudas yacen en las camas donde los pequeños dormían la siesta. En la pared del gimnasio hay fotos de los niños haciendo ejercicio.

Un día de este mismo mes de hace 20 años, la vida en Prípiat llegó a un estremecedor final. Antes del alba del 26 de abril de 1986, a menos de tres kilómetros al sur de lo que entonces era una ciudad de 50.000 habitantes, el reactor número cuatro de la central nuclear de Chernobyl estalló. Treinta personas murieron a consecuencia de la explosión o del incendio, o resultaron expuestas a radiaciones letales. La estructura destruida ardió durante 10 días, contaminando 142.000 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, el sur de Bielorrusia y la región rusa de Briansk.

Fue el peor accidente nuclear que ha conocido el mundo. La lluvia radiactiva, más de 200 veces superior a la radiactividad liberada en Hiroshima, expulsó a más de 300.000 personas de sus hogares y desencadenó una epidemia infantil de cáncer de tiroides.

 
 

 

ALGUNAS LECCIONES DE CHERNOBYL

Como hemos visto, las consecuencias ecológicas, sanitarias y económicas de una catástrofe como la de Chernobyl son muy elevadas, con seguridad incalculables.

El accidente de Chernobyl ha demostrado también que la energía nuclear es una amenaza que no conoce fronteras, ya que la radiactividad liberada a causa del accidente contaminó lugares situados a miles de kilómetros de la central siniestrada.

Las autoridades ucranias reconocen la existencia de amplias zonas fuera del área de exclusión de 30 kms. de radio declarada alrededor de la central mucho más contaminadas radiactivamente que otras del interior de la misma.

 


RESUMEN y CONCLUSIÓN

EL ACCIDENTE DE CHERNOBIL

La noche del 26 de Abril de 1986, en el reactor número 4 de la central nuclear de Chernobyl, en Ucrania, tuvo lugar el mayor accidente de la historia nuclear, al fundirse el núcleo del reactor y liberar al ambiente toneladas de material altamente radiactivo (iodo 131, cesio 134 y 137, estroncio 90 y plutonio 239). El accidente causó una nube radiactiva que afectó a la mayor parte de Europa, alcanzando hasta España, especialmente Cataluña y Baleares.

Aunque el 25% de las emisiones se produjeron en las 24 horas siguientes a la explosión, durante los nueve días que se tardaron en apagar el incendio, se emitieron enormes cantidades de radiactividad. En este tiempo, las más de 300.000 personas (los liquidadores) que trabajaron en la extinción, sin apenas protección ni control de las dosis de radiación que recibían, pudieron acumular hasta 100 veces la cantidad máxima que es considerada internacionalmente para un ser humano en un año. Hoy, los gobiernos de Ucrania y Rusia reconocen la muerte de 8.000 liquidadores y la enfermedad de unos 120.000.

La población de un radio de 30 Km fue evacuada en los días siguientes (unas 375.000 personas) y la liberación de radiactividad superó los 50 megacurios (50 millones de curios), una cantidad más de 200 veces mayor que la de las bombas de Hiroshima y Nagasaki en 1945.

La construcción del sarcófago (una enorme estructura de hormigón y acero de 500.000 metros cúbicos) en los siete meses siguientes pretendía contener la liberación de radiactividad del reactor, que seguirá activo los próximos 100.000 años. Sin embargo, su deterioro es tan grande que las fugas radiactivas continúan y debería construirse un segundo sarcófago alrededor. Pero el peligro mayor es su hundimiento total o parcial, lo que desencadenaría nuevas explosiones.

Hoy día, un área de 160.000 Km² permanece contaminada.

 

LAS SECUELAS DE LA CATÁSTROFE

Coincidiendo con el 14º aniversario del accidente de Chernobyl, la ONU ha publicado un informe donde se recapitula sobre sus devastadoras consecuencias. El número de personas afectadas se cifra en unos 7 millones en las repúblicas de Bielorrusia, Ucrania y Rusia, de los cuales 3 millones son niños. Todavía viven 1,8 millones en zonas contaminadas, algunos cientos de personas han decidido volver a la zona de exclusión de 30 kilómetros. Los muertos por la catástrofe se cifran ya en 165.000 y su número seguirá creciendo durante años a causa de las mutaciones en el material genético. Por todo esto, la tasa de mortalidad es superior a la de natalidad en Ucrania y Bielorrusia.

El 70% del material radiactivo se depositó en Bielorrusia, puesto que el viento empujó la nube radiactiva a esta república; los estudios epidemiológicos muestran que sólo el 20% de sus habitantes pueden considerarse sanos. Pero lo peor es la escasez de alimentos frescos y agua potable, ya que gran parte de su territorio está contaminado por plutonio.

El coste económico calculado para el desmantelamiento, tras el cierre definitivo en diciembre de 2000, es de 2.000 millones de dólares y el de hacer frente en el futuro al tratamiento de los afectados, muchos miles de millones de dólares.

 

CHERNÓBIL NUNCA MÁS

La catástrofe de Chernobyl ha dejado claro al mundo que las consecuencias ecológicas, sanitarias y económicas de un accidente nuclear son incalculables; pero, sobre todo, ha demostrado también que los riesgos de la energía nuclear suponen una amenaza que no conoce fronteras, ya que la radiactividad que se libera, se extiende a miles de kilómetros de las centrales, dejando en evidencia los planes de emergencia nuclear y las zonas de exclusión.

En un principio se aseguró en medios oficiales, que un accidente como el de Chernobyl sería imposible en los reactores occidentales, al estar dotados de medidas de contención que evitarían la salida de la radiactividad al exterior, en caso de accidente. Pronto se vieron obligados a reconocer la realidad: las contenciones occidentales tampoco soportarían una explosión como la de Chernobyl. Y aunque las medidas de seguridad son mayores, el riesgo de fallo técnico o error humano no está descartado: el accidente ocurrido en Tokaimura (Japón) el 30 de septiembre de 1999 ha acabado definitivamente con el argumento de que las instalaciones nucleares del mundo occidental eran seguras. En España, el accidente de la central de Vandellós I en 1989, que provocó su cierre definitivo, estuvo a punto de provocar una catástrofe nuclear.

 

NO NECESITAMOS ENERGÍA NUCLEAR

Ningún reactor nuclear es seguro, da igual que su diseño sea soviético o de tipo occidental. La energía nuclear es intrínsecamente insegura.

Los reactores nucleares que funcionan en Occidente tampoco son seguros. El siguiente accidente en gravedad, tras Chernobyl, ocurrió en 1979 en la central de Three Mile Island (Harrisburg, Estados Unidos), donde también se produjo una fusión del núcleo. En España, en 1989 se estuvo a muy poco de una tragedia similar en Tarragona, a causa del accidente acaecido en la central Vandellós-I, que obligó a su cierre definitivo.

La energía nuclear sólo proporciona un 5% de la energía primaria que se consume en el mundo.

Sin embargo, la energía, en su mayor parte se despilfarra. Está ampliamente demostrado que podemos ahorrar más de un 50% de la energía que se consume en la actualidad, sin que disminuya la calidad ni la cantidad de los servicios que la energía nos proporciona: calor, frío, iluminación, movimiento... No necesitamos más y más kilovatios-hora o termias, necesitamos aprovecharlos mejor.

En Dinamarca, Austria, Estados Unidos y otros países se lleva a cabo desde hace años una planificación energética más racional basada en el criterio de eficiencia. Tenemos que cambiar el modelo energético para evitar seguir poniendo en peligro las condiciones de vida en nuestro Planeta: disminuir el uso de los combustibles fósiles para evitar el cambio climático, mejorar la eficiencia energética para evitar el despilfarro y reducir el consumo, pero sobre todo, sustituir la energía nuclear por fuentes de energía renovables, como la solar y la eólica, entre otras,

Si esto se hiciera en otros países, en muy poco tiempo podrían cerrarse, sin ningún problema, todas las centrales nucleares, evitando así grandes riesgos, la generación de peligrosos residuos radiactivos y la continuación de un negocio altamente ruinoso que sobrevive a costa de la factura de la luz de todos los ciudadanos.

Lo cierto es que la energía nuclear nunca ha tenido fines pacíficos. La industria nuclear nació de los esfuerzos desarrollados para obtener la bomba atómica. El plutonio que se obtiene de los reactores de las centrales nucleares es utilizado para la construcción de misiles y bombas atómicas. Las pruebas nucleares no han cesado desde el final de la 2ª Guerra mundial y el número de países que poseen armas atómicas ha aumentado en este periodo.

Por otro lado, sigue sin haberse encontrado una solución que garantice un control seguro de los residuos nucleares, cuyo riesgo permanecerá durante cientos o, en algunos casos, miles de años, constituyendo una amenaza para nuestras vidas y las de las futuras generaciones.

Fuentes de energía limpias, seguras y sanas para nosotros y el ambiente

Todos los AMIGOS DE LA TIERRA a 20 años de la tragedia de Chernobyl recordamos a las víctimas y también hacemos un llamado a los gobiernos del mundo para que aporten recursos económicos que permitan desarrollar fuentes de energía limpias y renovables.

Te pedimos a ti, que en la medida de tus posibilidades, ayudes a crear una nueva cultura energética, con principios y valores a la medida de la escala humana y que respeten todas las formas de vida.
Luego de contemplar las consecuencias de un desastre nuclear en Chernobyl queda claro que:

El reactor nuclear seguro más cercano está a 150 millones de kilómetros y es el sol.

Fuentes :

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