Miles de escuelas en toda América Latina están iniciando los cursos de 2007. Los cuentos nos ayudan a reflexionar y a dar vuelo a nuestra imaginación. Ignacio MartínezHagamos juntos este ¨ viaje ¨ y luego compártelo con tus compañeros y compañeras

VIAJE MICROSCÓPICO

de Ignacio Martínez

Guillermo amaneció con fiebre. La madre avisó a la escuela que ese día él faltaría. A media mañana el niño bebió abundante agua y luego se dio un baño de agua tibia para tratar de bajar la elevada temperatura, cosa que consiguió sin problemas.

Después la madre le llevó algunas revistas y algunos libros a la cama y le indicó reposo para que el cuerpo descansara mientras las defensas de la sangre actuaban contra la causa de la  fiebre. Al mediodía Guillermo comió bien liviano y sano, no fuera cosa que la sangre tuviera que perder el tiempo de ocuparse de lo más importante: hacer que el niño sanara.

En algún lugar del cuerpo de Guillermo había una intensa actividad parecida a una fábrica de miles de operarios. Leucocitos iban de aquí para allá tratando de averiguar qué había causado la fiebre del niño. Por su lado el hipotálamo instalado en el cerebro, seguía mandando señales de fiebre, dato seguro de que algún agente extraño había entrado en el cuerpo de Guillermo y lo había enfermado.

- Debe ser un virus, dijo un leucocito de familia de los linfocitos.

- No lo creo. Puede ser una bacteria que está infectando nuestro territorio y tendremos que combatirla – dijo enérgicamente otro que parecía conocer bastante cómo funcionaba el cuerpo humano.

Lo cierto era que un ejército de leucocitos andaba de un lado para otro por los larguísimos túneles de la sangre, entre glóbulos rojos, plaquetas y nutrófilos.

- Con permiso- decían unos haciendo que los otros elementos se pusieran a un lado.

- No molesten, córranse – exigía otro, andando a toda velocidad por la sangre que iba por infinidad de grandes arterias, grandes carreteras, caminos, senderos e hilitos que recorrían todo el cuerpo de Guillermo desde la punta de los pies hasta la base de los cabellos.

Cada empujón del corazón hacia que estos implacables defensores del cuerpo anduvieran quilómetros y quilómetros de torrentes sanguíneos, como en una expedición de canoas por ríos turbulentos, llenos de accidentes geográficos.

Los leucocitos buscaron por la piel, en los lugares más lejanos del cuerpo, donde ese órgano inmenso podía estar dañando con algún corte mal higienizado que estuviera motivando una infección, pero no hallaron nada. Luego revisaron los riñones, pero todo parecía estar limpio y en orden.

De allí marcharon al hígado lleno de sangre, pero lo encontraron en reposo porque lo que Guillermo había comido no le había dado demasiado trabajo. Allí también estaba todo bien, igual que el estómago y en los intestinos, salvo por el aroma de este último tubo que dejó medio mareado a más de un arriesgado salvador. Los pulmones tampoco presentaron problema, todo entraba correctamente y cada célula, cada glóbulo rojo llevaba su pequeña parte de oxígeno sin impedimentos.

- Tendremos que ir a lugares más misteriosos...

-¿Cómo Cuáles?

- El cerebro, por ejemplo.

Allá marcharon legiones de estos glóbulos blancos y se metieron por los lóbulos a través de cada región hasta el mismísimo cerebelo. Pero nada. Allá también estaba todo en orden. Entonces sucedió lo inesperado.

-¡Viene el médico! ¡Viene el médico!

- anunció alguien desde los oídos y desde los ojos y cada leucocito prestó atención.

El hipotálamo hacía rato había empezado a trabajar otra vez y ya la temperatura de Guillermo había dejado sus 37 grados normales y subía lenta, pero ininterrumpidamente, tratando de superar los 39 grados.

-¡Está haciendo calor acá dentro!- dijeron y era verdad. La sangre parecía una sopa que se hacía cada vez más insoportable, pero los glóbulos blancos crecían, se multiplicaban y parecían verdaderos gimnastas listos a trabajar sus ejercicios.

- ¡Miren y oigan!- exclamó alguno de estos diminutos defensores del cuerpo del niño y todos los glóbulos prestaron atención. El hombre, pacientemente, revisó el abdomen, los ojos, las orejas y tomó la fiebre con el termómetro, escuchó los pulmones y el corazón con el estetoscopio y  finalmente, escribió unos papeles y habló. Para sorpresa de los bondadosos leucocitos, el médico concluía que Guillermo tenía una infección a la garganta y que lo mejor sería suministrarle algún antibiótico adecuado.

-¡Cómo no se nos ocurrió antes!-

Exclamó uno.

-Esas son las infecciones más comunes y nosotros andábamos buscando las más difíciles- se avergonzó otro.

-Lo que nos faltaba, que viniera un médico a decirnos dónde está la infección.

-Y, para algo estudió ¿no? Creo que siempre es bueno consultarlo cuando hay algún problema de salud, ¿no les parece?

-Y todos dijeron sí. Lo cierto fue que por la nochecita un líquido entró al estómago de Guillermo. Los leucocitos defensores acudieron inmediatamente para allá y el antibiótico les pasó toda la información que tenía.

-Esta es la fotografía de la bacteria que entró en el cuerpo de Guillermo -dijo el antibiótico exhibiendo el rostro horrible del bichito invasor.

Enseguida pasó a detallar las armas que tenía ese enemigo de la salud y cómo era capaz de engordar, de crecer, de reproducirse y hasta de atacar. También contó las consecuencias que esa bacteria era capaz de causar y habló de la fiebre, la tos, los mocos,  dificultades para hablar y para tragar, desgano, flojera y malestar general.

-¡Oh!- exclamaron los leucocitos.

-Tenemos que hacer algo.

-Para eso he venido. Para ayudarlos a combatir esa bacteria. Lo primero que tenemos que hacer es que Guillermo esté tranquilo, en reposo, para que podamos trabajar sin contratiempos. Las larguísimas autopistas sanguíneas deben estar sólo para nosotros. Luego debemos hacer que Guillermo beba mucho agua porque por la orina y por la transpiración también se podrán eliminar desechos que si se quedan en el cuerpo nos pondrán muchos obstáculos.

Finalmente, trataremos de que coma cosas buenas para que nosotros podamos reponer la energía que vamos a gastar.

No debe comer porquerías que sólo ocuparán nuestro tiempo en digerirlas y en lugar de darnos fuerza para combatir la bacteria, nos van a quitar energía en trabajos innecesarios y encima no nos devolverán las fuerzas que gastemos...

-¡... y que van a ser muchas ¡- exclamaron los glóbulos blancos.

Inmediatamente el ejército defensor arremetió contra la zona afectada, dirigido por el potente antibiótico que había dado armas poderosísimas a cada leucocito.

El campo de batalla, la garganta, estaba completamente colorado, con un poco más de temperatura que el resto del cuerpo. Los glóbulos no lo dudaron, hacía allí dirigieron todas sus fuerzas.

-¡Al ataque mis valientes!. – gritaron para darse ánimo.

-¡Fuera de aquí, bacterias enemigas!

-¡Fuera de aquí , bastones!

-¿Bastones? ¿ Por qué dices bastones?

Porque la palabra bacteria viene del idioma griego y quiere decir bastones,  que es la forma que suelen tener... ¡pero a bastonazos las vamos a correr nosotros!

-¡SSSIII

-¡Miren, estas no tienen forma de bastones!- notó un glóbulo.

-¡Es verdad, estas son medio redondas!

-advirtió otro.

-Yo lo sabía, me lo sospechaba, pero estoy preparado para eso- aclaró el antibiótico y agregó- Estos son de la familia de los Cocos ¡Al ataque!

-¡Vamos a romperles el coco!- gritaron todos.

El plan era perfecto. Cada seis u ocho horas tropas enteras de defensores del cuerpo, alentados y dirigidos por el remedio amigo, atacaron el lugar con tanta fuerza que ya nomás el tercer día, los temibles Cocos se fueron debilitando, adelgazando y alejando del lugar.

Durante siete días se prolongaron los ataques, hasta que, al final, las terribles bacterias desaparecieron completamente y la sangre volvió a su temperatura normal. Los quilómetros y quilómetros de túneles sanguíneos también volvieron a su tránsito normal, con el empuje rítmico y sonoro del motor principal que está en el medio del pecho. Los queridos leucocitos volvieron a su número adecuado, despidiéndose del amable medicamento que tanto los había ayudado.

El hipotálamo también regresó a sus trabajos diarios de controlar la temperatura corporal y cada órgano del cuerpo fue recibiendo la energía necesaria para funcionar bien.

Lo que sucedió después fue que cada rincón del cuerpo de Guillermo envió mensajes al querido aparato digestivo para que éste, de alguna manera, le dijera al niño que debía combinar correctamente la energía que consumía en forma de alimentos, para lograr un justo equilibrio entre frutas, verduras, leche, carnes y líquidos.

-¡ Sí, por favor, que no tengan conservantes artificiales ni colorantes ni saborizantes y ninguna clase de "reventantes"!

Cuando a Guille le bajó la fiebre definitivamente y se recuperó por completo, regresó a la escuela e hizo una vida completamente normal.

Esa tarde, cuando tuvo que escribir un cuento en clase, recordó perfectamente el sueño que había tenido mientras estuvo enfermo y sin demora comenzó a narrar:

"Guillermo amaneció con fiebre. La madre avisó a la escuela que ese día..."

Ignacio Martínez

 
 
 

 

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